Corre el año 3013 de la Tercera Edad del sol. Hace ya 71 años de la muerte de Smaug y las ciudades de Valle y Esgaroth han sido reconstruidas. El Rey Brand reina en Valle mientras Dain I gobierna a los enanos de Erebor cuyas minas y talleres están abiertos de nuevo. El comercio a través del Celduin vive una nueva edad de oro y las naves viajan desde el nacimiento del río hasta su desembocadura transportando el vino de los llanos de Dorwinion, el grano de las praderas de Rhovanion, las tallas de los elfos del bosque, los metales las minas enanas y la vida de cientos de marineros.

26 julio 2012

Segunda Sesión - Prólogo

Behnam acarició la crin de su montura y se dejó llevar por los recuerdos. Cuán lejos quedaba el Carnen ahora. Dentro de poco haría dos años que vagaban por aquellas praderas y la perspectiva de un segundo invierno lejos de casa le encogió el corazón. Padre estaría orgulloso de ellos, de eso no cabía duda. Habían sido dos buenos años y si la treta de Öldür daba el fruto esperado pronto podrían volver. La voz queda de su hermano menor le devolvió al presente. Sus ojos descubrieron de nuevo la nube de polvo que las dos carretas levantaban tras de sí al avanzar por el pedregoso camino que serpenteaba entre las colinas. – Behnam? Estas bien?- insistió Dehqam que empezaba a impacientarse. Aquel día de primavera que dejaron el campamento era solo un muchacho. Behnam insistió a padre para que le prohibiera acompañarle tan lejos, durante tanto tiempo, corriendo tanto peligro, pero no había palabras lo suficientemente fuertes como para impedirle partir.   –Toma a Merhab y desciende por aquella pendiente, tras los arboles oscuros. Cuando sea el momento cabalga tras la segunda carreta-. Dehqam sonrió, hizo girar a su caballo y tras hacer una señal al anciano Merhab emprendió el camino que le habían señalado. Merhab gruñó con desgana, Behnam sabía que era el que más añoraba el calor del hogar y los brazos de su esposa. También sería pues el que más hiciera por regresar con vida y se esforzaría por mantener a su impetuoso hermano lejos de todo peligro.

Cuando los dos jinetes habían desaparecido tras la arboleda Behnam montó de nuevo y tomó el camino que desde la cima de la colina le llevaría hasta el camino varios centenares de metros por delante de donde su hermano haría su aparición, dejando a tras de sí el arroyo seco y el puente de maderos. Kaiqubad, el hijo mayor de Merhab se emparejó con él y con un sencillo gesto de cabeza, lleno de complicidad, pareció agradecerle que alejara a su padre de él. Yarmuk y Jahandar, los hijos de esclavos, los seguían a unos metros de distancia.

Minutos después los cuatro se encontraban ya en el valle. La pequeña caravana avanzaba despreocupada con las ruedas traqueteando y los pasajeros, dos en cada pescante, rebotando con cada salto que los viejos carromatos de madera daban cada vez que  un bache o una piedra se cruzaba ante ellos. Entre la nube de polvo seco y amarillo se adivinaban las siluetas de Dehqam y Merhab, varis centenares de metros más lejos, avanzando al paso y con cautela. Behnam se ajusto la máscara, tomo el arco y guiando al caballo con una sola mano inicio la marcha, primero el trote, seguidamente la paso y casi sin saber cómo los cuatro jinetes galopaban ya en pos de sus víctimas.

Yarmuk fue le primero en caer. Trató de saltar sobre el pescante de la segunda carreta y está lo arroyó. Cuando después regresaron a por su cuerpo descubrieron una flecha en su espalda. Una flecha de Dehqam. –Se cruzó en mi camino- se defendió el joven sagath – No fue mi intención-.

Behnam y Merhab  abatieron con destreza al piloto de la carreta de forma que esta perdió el control. Tras evitarla derribaron al pasajero que se esforzaba desesperadamente por tomar las riendas y poco después habían conseguido detenerla antes de que llegara al arroyo seco.  Kaiqubad y Jahandar tuvieron suerte dispar. Obligaron a la primera de las carretas a abandonar el camino pero un tirador les mantuvo a ralla por momentos. Jahandar recibió un impacto en un costado pero ello no le impidió acosar al tirador hasta hacerlo caer.  El carromato trataba de ganar velocidad pero el pedregal por el que se deslizaba lo hacían saltar a derecha e izquierda. Los ejes chirriaban y las ruedas quedaban suspendidas en el aire un instante antes de golpear con fuerza el irregular firme. Finalmente Kaiqubad acertó a herir al piloto que, incapaz de dirigir con tino a los caballos, no pudo evitar un obstáculo insalvable.